sábado 1 de octubre, 2022
  • 8 am

La columna infiltrada

Nueva Zelanda, ¿El Uruguay del mañana?

(Gustavo Toledo afirma que la distancia entre Uruguay y Nueva Zelanda no se mide en kilómetros sino en décadas. Toledo estima que para acortar esa brecha de desarrollo nuestros gobiernos deberías anteponer el bien de la sociedad a los intereses sectarios de las corporaciones y eso se logra con políticos con capacidad de liderazgo. Comparto, y sin embargo, a la pregunta del título contesto que no. Y explico).
Gonzalo Pérez del Castillo
Nunca estuve en Nueza Zelanda, pero viví de los 16 a los 22 años en Australia. Son países muy parecidos por su ubicación geográfica, historia y cultura y allí conocí muchos neozelandeses. En Australia estudié y me recibí con enorme esfuerzo en los primeros años. Cuando llegué hablaba español y francés, y un inglés absolutamente elemental. Aún tengo pesadillas de ese primer año y más de una vez he hecho llorar de risa a la gente narrando las insólitas experiencias que me tocó vivir.
Los australianos iban a clases, a los laboratorios o a la biblioteca, descalzos, vestidos de short y con camisas de manga corta multicolores. Eran seres curiosos. Sabían siempre lo que había que hacer, donde había que estar, tenían todos los libros, materiales e instrumentos adecuados para, por ejemplo, disecar metódicamente un sapo en el laboratorio de zoología. Yo nunca me enteraba de nada, no entendía nada.
En los exámenes parciales de fin de trimestre fui despiadadamente masacrado. Sentado frente a una hoja de preguntas incomprensibles me sobraba el tiempo para observar varias cosas, por ejemplo, que los australianos nunca copiaban. En un examen no le daban una mano ni a su mejor amigo. A su novia tampoco. Es más, el mejor amigo y la novia no se atrevían a pedirle, de hacerlo hubieran comprometido seriamente la amistad y el noviazgo. El estudiante australiano no soporta la trampa. Si no sabés, si no estudiaste, tenés que bancártela. No corresponde otra cosa.
Los australianos no tenían cédula de identidad. Cuando les pregunté por qué no tenían, me dijeron que eso sería considerado una indebida intromisión del Estado en su vida privada. Cuando tenían que hacer un trámite (abrir una cuenta en un banco, por ejemplo) daban su nombre y dirección y punto. Todo se basaba en el respeto de sí mismo, en declarar la verdad, en la exigencia de comportarse decentemente frente a la sociedad. El único documento que tenían (si manejaban) era la libreta de conducir. La libreta no llevaba foto, solo una firma. Hablo del pasado, porque ignoro si aún es así. Años después, cuando ya era un australiano más, les dije burlonamente a mis amigos que yo podría perfectamente presentar la libreta de cualquiera de ellos a un policía que me parara y éste no tendría forma de saber que no era la mía. Me miraron con asombro (como quien se confronta sorpresivamente con el hombre de Neadental) y me contestaron con firmeza: “You don‘t do that”. No lo traduzco porque hasta eso yo lo entendía cuando cuando llegué a Australia.
Los australianos salían de su casa paterna a los 16 años y se iban a vivir con amigos. Si se quedaban en su casa, pagaban un alquiler y una contribución por su comida a sus padres. Estos educaban a sus hijos en el sentido que teniendo edad y salud para trabajar era un deshonor “vivir de arriba”, Incluso en su propia casa no aportar era indigno. Los jóvenes obtenían su ingreso, si eran estudiantes, trabajando durante las vacaciones. No había tres meses de vacaciones para nadie. Todos y todas aprovechaban para trabajar y generar ingresos. Una querida amiga, hija de diplomáticos latinoamericanos, que no trabajaba porque según explicaba el padre “no lo necesitaba” era pésimamente vista. Nadie le daba bola. Le aconsejamos seriamente (al padre también) que se consiga un empleo, en lo que fuera, para limpiar su imagen. El trabajo, cualquier trabajo, dignifica. Cuando en mis vacaciones yo trabajaba de obrero no calificado (cuanto más duro o más sucio el trabajo mejor se pagaba) los compañeros me invitaban a tomar una cerveza con ellos después del trabajo, cuando consideraban que yo ya cumplía con mi parte. Con quien no ponían el hombro se demoraban, se “enfermaban, llegaban tarde, se iban antes o “garroneaban” de alguna manera, no se tomaba cerveza.
Aún conservo mis amigos australianos. Aún siento por ellos un sincero y profundo respeto. Pero los australianos no eran súper hombres. No eran mejores seres humanos que los uruguayos. Eran bastante inciviles y torpes en sus relaciones sociales, bebían hasta perder el conocimiento, porque no había sanción social para el “mamado”. Todo se perdonaba con la excusa: “estaba borracho”. Tenían serios prejuicios, maltrataban y menospreciaban a su población aborigen, y aplicaban una política de “Australia Blanca” que impedía la inmigración de gente de color…
… En la universidad rural donde terminé mis estudios de agronomía, la mayoría de los alumnos conocían muy poco del mundo externo, y tampoco les interesaba. De Uruguay, naturalmente, ninguno sabía nada, aunque muchos habían oído hablar de la Batalla del Río de la Plata, no tenían ni idea dónde podía quedar eso. Tampoco podrían en su mayoría decir dos frases coherentes sobre autores tan clásicos como Homero, Dante o Cervantes o sobre intelectuales contemporáneos como Sartre o Marcuse. Eran agrónomos, es decir, profesionales de las ciencias biológicas. No tenía porqué saber de otras cosas.


Extraído de la Revista Contra viento (Año 2010- Año2 –
Nº. 5, dirigida por Graziano Pascale) y escrito por el
columnista Gonzalo Pérez del Castillo.