miércoles 5 de octubre, 2022
  • 8 am

Una oración por Ucrania

Gerardo Ponce de León
Por

Gerardo Ponce de León

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Por Gerardo Ponce
De León
¡Qué triste es una guerra! Lo peor es que muere gente (civiles y niños) que no tienen nada ver. Destrucción de edificios, los cuales alguno serán cuarteles o comandos, pero a su costado caen casas de familias. La gente dispara hacia lugares, con la esperanza que no los va a tocar, que no se va a combatir para donde van, dejando pertenencias o cosas que cada uno de ellos saben lo que les costó adquirirla.
Lo más triste es que mueren jóvenes (soldados) ya que en su gran mayoría son reservistas y quienes deciden la guerra, no pelean, mandan cómodamente sentados, sin pasar frío, sin pasar hambre, sin riesgo alguno. No creo en las fotos que nos puedan pasar o hacer ver dado que hoy, con la tecnología, cualquier cosa se puede hacer, pero una pelea, con armamentos, trae consigo: destrucción, heridos, penurias y muertes.
Lo peor, que usando muchos argumentos, para no quedar como los malos, no dicen la verdad de porque se hace. La riqueza, la avaricia y el poder, son las grandes madres. Rico no es el que tiene, no es cuánto dinero tienes en tu cuenta bancaria, sino cuanta alegría y paz tienes en tu corazón”. Los que deciden una guerra ¿tienen corazón? En la esencia del ser humano tenemos: avaricia, deseo de poder, acumulación de riqueza, desprecio y muchos deseos negativos, que basta con regarlos un poquito y crecen.
No nos podemos olvidar que también nosotros todos los días tenemos guerras, todos los días peleamos con lo que esté a nuestro lado. La violencia está en las calles de las ciudades, en el transito, en nuestro cotidiano vivir. No podemos buscar al prójimo solamente en el cielo, está acá, en la tierra a nuestro lado. El soldado que está frente a mí, ese es mi prójimo. El pobre y sucio, el que duerme a la intemperie y a ¿cuántos de ellos atacamos? Cuando nos piden una mano, para ayudar a alguien, y podemos hacerlo, cuando necesitan un abrazo o un oído y se lo negamos. Una palabra de aliento, de colaboración es también una forma de ejercer violencia. ¿Por qué? Ponemos como primera persona a nosotros y no nos importan los otros, pero si cabe el qué dirán, la repugnancia, el olor, pasan primero por mi vista, mi olfato y es normal que exista el rechazo.
Todo esto es violencia, es una guerra hacia el prójimo y nos olvidamos que es ese, no lo matamos con un arma, pero si con la indiferencia, y cuanto más lejos de uno, mejor. Si fuese un soldado y lo tengo a mi frente, le tengo que tirar ya que si no lo hago, el lo hace. En nuestro caso ninguno de los dos va armado, pero si tenemos el arma de abandonarlo, tratarlo como una “paria”. Es capaz que el término sea muy duro pero sé que me entienden.
Nos quejamos de lo que sucede lejos de nosotros, somos jueces y nos olvidamos de ver como somos nosotros. Coincidentemente el Evangelio de este domingo pasado, nos dice “de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio”.
Creo que lo que tenemos que hacer es rezar, pedirle al Padre para que cambie la mente, la forma de pensar de los gobernantes, que aprendamos a valorar al ser humano, rico o pobre, a todos. Que el prójimo no es mi enemigo. Todos juntos veremos el inmenso poder de la oración. Tenemos que dejar de pensar que Ucrania está lejos, son nuestros hermanos.