Salto, Domingo 25 de Junio de 2017

Los ocho más odiados

Cultura | 23 Ene. Psic. Andrés Caro Berta
Miembro de la Asociación de Críticos de Cine del Uruguay / Fipresci
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andres@andrescaroberta.uy
Tarantino hace un tiempo declaró que el cine lo salvó de convertirse en un psicópata. Bien para él, pero mal para los que tenemos que sufrirlo, porque ha construido una serie de zombies fanáticos de él que absorben toda la violencia estúpida que destila en sus películas. Él y sus seguidores como Roth, el director de Hostel, entre otros.
Pero parece que Quentin se está volviendo mayor, y esa euforia adolescente por el reírse de las víctimas inocentes se pierde, al menos en esta película.
Quentin se sabe que es un individuo que ha visto mucho cine, y así piratea permanentemente (roba, bah) escenas de esta y aquella; utiliza música ya hecha para otras películas y juega con ello, para diversión de los que lo siguen y creen que son homenajes.
Pero estos van a quedar un tanto descolocados con la mayor parte del metraje de Los ocho más odiados. Porque hasta los veinte minutos finales (donde se desata torpemente un festival de sangre y muerte) todo es muy lento y hablado. Las escenas en la diligencia son invitación para el sueño. Los personajes se detienen y hablan, y parece que lo hicieran desde parlamentos inteligentes, pero no, son repetitivos, lentos, aburridos. El pico más alto de no pasar nada se da cuando aparece de entre la nieve el futuro Sheriff y luego se sienta con Jackson y Kurt Russell, dos caza recompensas. Es un verdadero sopor.
Cuando la diligencia llega a lo de Minnie (una posada que luego nos enteramos estuvo regenteada por una familia de negros tipo Heidi) la película se olvida que es cine, y pasa a transformarse en teatro filmado. Y otra vez, ahora dentro de la cabaña perdida en la nieve, los personajes hablan y hablan, y parece que dijeran cosas interesantes e importantes, pero solo parece.
Al final de todo este ir y venir surge algo de acción. Es la parte más interesante. El café es envenenado y entonces el supuesto amigo de Lincoln se pone a interrogar uno a uno para ver quién es el responsable. Pero eso dura poco. Y enseguida viene un ir hacia atrás en la historia, para que conozcamos qué sucedió antes de que la diligencia llegara a lo de Minnie.
Y luego, el matarse unos a otros, torpemente, a lo Tarantino, parodiando a Shakespeare, quien gustaba de eliminar a todos sus personajes.
Los ocho más odiados (título que aún no logro entender) guarda muchas incongruencias. Los bandidos esperan la llegada de Jackson diciendo que es el negro que trae prisionera a la hermana de uno de estos, cuando en realidad no es él quien carga con ella. No se sabe porqué uno de los de la banda está escondido abajo, en el sótano, hasta que hace una aparición espectacular que no sirve para nada, más que para mostrar algo de Tarantino. Este hombre le pega el tal tiro en los testículos de Jackson, pero este tiene tiempo para hablar, reír, matar y entre medio lamentarse un poco por el dolor.
Los actores están desperdiciados. Tim Roth, excelente siempre (recuerdo su papel de botones en 4 cuartos) apenas dice alguna cosa. Kurt Russell repite casi a la perfección los gestos de su personaje anterior en Hacha de hueso. Bruce Dern es parte del decorado. Jennifer Jason Leigh, hija de Vic Morrow es otra parte del decorado.
Walton Goggins (actor de una risa insoportable) está por debajo de sus compañeros en su pésimo rol de posible futuro sheriff. La presencia como una Heidi (a los saltitos felices y alegría desbordante), de Zöe Bell es un misterio. Michael Madsen, uno de los malos del cine, también forma parte del decorado. Y Demián Bichir, candidato al Oscar con A better life, es otro misterio. Enfundado en abrigos que sólo le dejan ver la nariz y los ojos, hace de un mexicano que forma parte del decorado, con alguna intención de hacer reír con alguna frase en español.

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