Domingo 5 de diciembre, 2021
  • 8 am

El irracional miedo a los locos

César Suárez
Por

César Suárez

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Parte de esta columna ha sido tomada de otra escrita
y publicada en este mismo espacio hace 18 años, (en el año 2003) y hoy la retomo con un motivo muy especial que
revelaré al final de la misma.


Por el Dr. César Suárez
El miedo es un sentimiento ancestral que suele agobiar a la humanidad desde su misma existencia.
Es una sensación desagradable de desasosiego del espíritu y el alma del que no se siente seguro, que teme por su suerte o por su integridad. Miedo a sufrir dolor, temor a morir o perder algo valioso, o la inseguridad por el futuro.
La vulnerabilidad del ser humano se ve agravada por la incertidumbre, temor a lo desconocido o lo conocido que ya nos hizo sufrir.
Este temor forma parte del instinto de conservación, es la necesidad de permanecer lejos del peligro que nos lleva a no exponernos inútilmente a lo desconocido o a lo ya conocido cuando sabemos que es peligroso.
En ocasiones es un miedo irracional que no tiene sustento y que es necesario explorar en las más recónditas profundidades del alma para intentar encontrar una explicación que nos haga saber el porqué del temor, a las alturas, a la oscuridad, a la soledad, a los accidentes, al agua, a las arañas, a los microbios, a los borrachos, al contagio a Dios, al demonio, a los fantasmas, a las multitudes, a maleficios, a la locura o a los locos.
Otras veces, los temores son más terrenales, temor al jefe, temor a perros, a los ladrones, a perder el trabajo, temor a enfermar.
También hay temores supersticiosos, heredados, trasmitidos, aprendidos acerca de determinados maleficios, temor a los gatos negros, a pasar por debajo de una escalera, a romper un espejo o temor al número trece y la imperiosa necesidad, para romper el maleficio, de cruzar los dedos o tocar madera sin patas.
A pesar de toda esa desagradable sensación que provoca el miedo hay quienes lo gozan morbosamente y hasta pagan para asustarse y disfrutan de las películas de terror quizás como un intento de exorcizar ese sentimiento y buscar una suerte de vacuna que inmunice contra el temor.
Pero hay un temor que combina el irracional miedo a los locos y el temor al número trece, que termina por hacerse absolutamente real cuando se trata del Loco Abreu, ídolo irresistible, para los hinchas de su propio equipo pero una pesadilla para las hinchadas de los demás cuadros y en esta situación se justifica plenamente el temor a un loco, en este caso es un miedo muy racional que es el temor al Loco Abreu, ídolo incontrastable para los propios pero que las hinchadas contrarias cuando lo ven, les resulta peor que encontrarse con satanás, provocándoles una suerte de chucho paralizante.
Es un demonio saltarín que no se sabe de donde aparece, y pin, su larga cabellera vuela por los aires y la disputada pelota se encuentra con su cabeza y un destino inexorable, imposible de torcer hace que la pelota termine contra la red y una desorbitada multitud absorta y embelesada, delira de placer en las tribunas o en el living, mientras otra desorientada multitud, rezan, hace trámites rápidos tratando de deshacer el hechizo, que los hace temer ya que cada vez que salta, se les paraliza el corazón.
No hay dudas que el temor a los locos y al número trece es absolutamente irracional, pero para las hinchadas contrarias, es un temor plenamente justificado cuando se trata del Loco Abreu.
Esta columna había sido escrita cuando Sebastián Abreu jugaba en el Club Nacional de Fútbol allá por el año dos mil tres
Vaya este espacio en forma de homenaje al Loco Abreu, un loco lindo que acaba de retirarse del fútbol profesional y que tantas satisfacciones ha dado a los amantes del fútbol a través de su muy larga presencia en las canchas y que nos ha dejado imborrables recuerdos.