Salto, Domingo 19 de Noviembre de 2017

Mirando fotos

Columnistas | 13 Nov. Padre Martín Ponce De León.
Hace un tiempo fui a una casa.
En un determinado momento una de las personas de esa casa trajo un montón de fotos.
Fotos de familiares que ya no están y fotos de un tiempo mucho más cercano.
Señalaba nombres y relataba recuerdos.
Yo disfrutaba escuchándole.
Algunas despertaban en ella cierta alegría que se notaba en el tono de su voz.
Otras eran recuerdos muy lejanos que estaban en ella.
En un determinado momento me di cuenta no me encontraba allí.
Ya no me llegaba su voz sino que era la voz de mis hermanos.
Habíamos pedido permiso para revolver aquel cajón de las fotos.
Había que subir por la escalera de hierro para llegar hasta él.
Era un extraño mueble puesto que al levantarse la tapa se podía, también, bajar una madera lateral.
Allí había una inmensa cantidad de fotos.
Fotos en sepia donde los fotografiados mostraban unos ropajes extraños.
Eran personajes de nuestra familia pero a los que desconocíamos completamente.
La gran mayoría de las fotos tenían, en su reverso, los nombres de los que aparecían.
Otras, también en sepia, eran de nuestros tíos y de nuestra madre en su niñez.
Habían fotos que despertaban nuestra risa y otras nuestro asombro.
No faltaban algunas en las que nos encontrábamos nosotros.
Ni sabíamos de la existencia de esas fotos y, mucho menos, que se encontraban allí guardadas.
No faltaban las que en blanco y negro mostraban a nuestros primos.
Podíamos pasar mucho tiempo instalados revolviendo aquel cajón de tantísimos recuerdos.
Cuando quise darme cuenta volvía a escuchar la voz de aquella persona muy querida que me pedía mirase el estado de los cuadros donde se encontraban las fotos colocadas.
Ya no estaba en la casa inexistente de mi abuela.
Ya no estaban mis hermanos, con muchos años de menos, revolviendo recuerdos.
Ya no estaba el extraño mueble donde nuestra abuela guardaba las fotos.
Ya no estaba aquella escalera caracol de hierro que nos gustaba subir trepando por su baranda.
Los recuerdos poseen esa magia de trasladarnos más allá del tiempo y del espacio.
Los recuerdos poseen la magia de hacer que el tiempo se detenga en un pasado que ya no se volverá a repetir.
Parecería como que por un instante el tiempo se retrotrae y nosotros con él.
Volvemos a ser niños, volvemos a ser como en un momento hemos sido.
Volvemos a encontrarnos con seres que ya no están pero que se prolongan presentes desde cada recuerdo.
Son esos recuerdos los que nos permiten saber de esa historia de la que, en cierta medida, somos continuadores.
Nunca, hasta ese momento, había vuelto a pensar en el cajón de las fotos de abuela.
Ahora, mientras contaba de su existencia y de nosotros, niños, revolviendo su contenido, me había preguntado dónde estará, dónde habrá ido a parar.
Las fotos que veía ahora eran en colores y no pintadas como algunas de aquel cajón.
Eran fotos mucho más nuevas pero, también, trozos de una historia que se me narraba en esos momentos.
Miraba fotos y mis ojos se colmaban de recuerdos y de historias.
Mirando fotos sentí la necesidad de agradecer a Dios por una historia que está en mi y por otra que se llegaba hasta mí.

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